miércoles, 24 de septiembre de 2008


Proudhon y el dios fútbol




Traducimos un artículo aparecido recientemente en "Le monde libertaire" (semanario de la Federación Anarquista francófona) en el que Michael Paraire nos lleva a un lugar imaginario dondeProudhon, el fundador del anarquismo, se cruza con el dios creador del fútbol.

Dios del fútbol: Proudhon… ¡Venga a ver esto!
Pierre-Joseph Proudhon: ¿Qué pasa?
Ddf: Quería mostrarle mi nuevo juego. Encarna perfectamente su idea de justicia, su sistema de mutualismo.
P-JP: ¡Demonios! Enséñemelo.
Ddf: Sí, se trata de un juego que se juega con dos equipos de once personas cada uno, cuyo objetivo es marcar puntos haciendo pasar el balón de pie en pie.
P-JP: ¿En qué se ajusta eso al ideal de justicia mutualista y revolucionaria?
Ddf: ¿No ve que cada uno se apoya en el otro al pasarse el balón? ¿No es este un bonito ejemplo de la fuerza colectiva que tanto gusta usted de alabar?
P-JP: Hum… Me parece que esos individuos están en competencia salvaje los unos contra los otros. Se permiten todos los golpes con tal de que no se note…
No tiene nada que ver con mi principio de ayuda mutua. La antinomia es absoluta.
Ddf: Sin embargo, reconoce usted que cada equipo de once jugadores se presta garantía mutua.
P-JP: Seguro, ¡pero no garantiza nada al otro equipo, salvo su deseo de abatirlo!
Ddf: Se lo concedo… Pero ¿no es esta la expresión de un impulso de libertad?
P-JP: ¿De libertad? ¿Qué libertad? ¿La de aplastar al vecino? ¿La de hacer maldades en todo momento?
Ddf: ¡Pero eso es la vida! Devolver golpe por golpe, ojo por ojo, diente por diente. ¡Esa es nuestra moral, y también la vuestra!
P-JP: Señor dios del fútbol, o como quiera que se llame usted, me parece que lo confunde todo. Ojo por ojo, diente por diente no es justicia, ni equilibrio, ni mutualismo, sino venganza, salvajismo bestial, la antigua ley del Talión.
Ddf: ¡No lo desprecie! Si se respetan las reglas, no hay ninguna violencia que temer. Una mano invisible, una armonía preestablecida contribuirán al buen desarrollo del juego.
P-JP: Las armonías preestablecidas y las manos invisibles no son muy de mi gusto. Prefiero las garantías de hecho, y no las veo en su juego.
Ddf: ¿Y el árbitro? ¿No encarna la justicia?
P-JP: ¡Lo acaban de insultar!
Ddf: Es un accidente que ocurre pocas veces… ¡Fíese de mi palabra!
P-JP: ¿Y esos que gritan alrededor del campo?
Ddf: Un detallito… ¡Los fanáticos que a veces van demasiado lejos en su amor por el juego!
P-JP: Pues debe de ser muy grande, porque vociferan unos insultos y unos gritos de odio de una manera muy poco digna. Permítame que le recuerde mi definición de la justicia, porque me parece que ninguno de los actores de su juego la conoce: la justicia es el respeto, espontáneamente experimentando y recíprocamente garantizado, de la dignidad humana, en cualquier persona y en cualquier circunstancia en que se encuentre, y en cualquier riesgo al que se exponga.
Ddf: Pero entonces ¿de qué principio, de qué ley, es expresión el juego del que soy yo el dios?
P-JP: De la ley de mercado, del puro capitalismo, y no del mutualismo.
Ddf: Gracias por la aclaración. Voy entonces a ver a Adam Smith y a su amigo David Ricardo.
P-JP: Buen viaje, ¡le acogerán con los brazos abiertos!

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